lunes, 5 de abril de 2010

LA RESURRECCIÓN DE JESÚS




“La buena suerte que los ha traído hasta Mí es algo que deben agradecer
a los méritos que han adquirido en vidas anteriores.”
Bhagavan Sri Sathya Sai Baba

      Había una pregunta que yo quería hacerle a Swami muy especialmente. Había pensado mucho sobre ello, y la respuesta –si es que quería contestarme– sería de gran importancia para mí y obviamente también para muchos de los que, como yo, no se resignaban a aceptar los esquemas que la ortodoxia católica había establecido durante siglos. Nunca deberíamos tener miedo a la Verdad, sino al contrario, buscarla siempre, esté donde estuviese.
      En abril de 1979 había escrito un artículo en Two Worlds titulado “¿Murió Jesús en la cruz?”. Había quedado fascinada por la lectura de un libro, Jesus died in Kashmir (Jesús murió en Cachemira), de A. Faber-Kaiser, y por otros libros sobre el mismo tema; también por el hecho de que muchos indios y paquistaníes se habían sorprendido ante nuestro asombro, cuando ellos afirmaban llenos de orgullo: “El amado Jesús murió en Srinagar, Cachemira. Se hacen peregrinajes hasta aquí, y muchas plegarias son escuchadas en tiempo de desgracia. Para nosotros es el Avatar del Amor”. También me llamó la atención el hecho de que muchos lectores cristianos de mi artículo me escribieran expresándome su interés y su alegría, diciendo que estaban “convencidos” de que Jesús no había muerto en la cruz.
      El peso de la evidencia, corroborado por el Sudario de Turín, de que Jesús sufrió un estado de catalepsia o “muerte clínica”, como se dice en términos médicos actualmente, después de tres horas de estar en la Cruz (la muerte por crucifixión sobreviene sólo después de cuatro días), es tan grande, que el 30 de junio del año 1960 el Papa Juan XXIII, en el diario del Vaticano, “L´Osservatore romano” hizo el anuncio oficial de una enorme revelación, titulada “La completa salvación del cuerpo de Jesucristo”.
      En ella, el Papa les decía a los obispos católicos –quienes aceptaron y difundieron dicha revelación– que la “salvación” completa de la raza humana se produjo gracias a la sangre de Jesús, y que su muerte no era lo esencial para ese fin. (Además, la palabra “salvación” no significa lo que mucha gente cree, es decir, salvados. Significa un “regreso” al camino de la evolución, que conducirá finalmente a Dios mismo.)
      ¿Por qué el Papa proclamó tal revelación? ¿Por qué era necesario aclarar, en 1960 d.C., que la muerte de Jesús no era esencial para la doctrina de la Iglesia? Porque el Vaticano estaba convencido, después de años de la más minuciosa investigación y análisis y de usar las más modernas técnicas, de que la ciencia había conseguido demostrar que: a) el Sudario de Turín era auténtico y b) que Jesús estaba todavía vivo cuando su cuerpo inconsciente fue depositado en él.
      Incluso hoy, con los conocimientos actuales, ha habido personas a las que se les ha certificado la muerte y que luego “han resucitado” en el depósito. Es de sobra conocida la capacidad de los yoghis de caer en trance de muerte a voluntad. ¿Y cuántas personas a las que se les ha considerado “clínicamente muertas” han luego revivido, como se cuenta en el libro del Dr. Raymond Moody Life after life (Vida después de la vida)?
      En 1969, el Vaticano formó una nueva comisión científica que siguió estudiando el asunto durante otros siete años y que, finalmente, confirmó los descubrimientos anteriores.
      Hay veintiocho manchas de sangre en el Sudario; sangre de la crucifixión, de azotes, de la herida producida por la lanza, de las laceraciones, de la corona de espinas. Heridas todas ellas, que continuaron sangrando. Incluso las llagas de la corona de espinas continuaron haciéndolo después de que la hubieran quitado. Esto no sería posible a menos que el corazón siguiera latiendo, aunque fuera débilmente. Cuando el corazón se para, la sangre deja de circular, se retrae en las venas, los vasos capilares que hay debajo de la piel se secan y aparece la palidez de la muerte.
      Las investigaciones demostraron también que la lanza atravesó el lado derecho de su pecho, entre la quinta y sexta costilla, y salió por la parte superior del lado izquierdo del tórax, formando un ángulo de 29 grados. Esto significa que la lanza pasó cerca del corazón, pero sin dañarlo. La “sangre y el agua” de que nos habla Juan, que manaron de la herida que le causó la lanza, no surgían del corazón. Y si siguió saliendo sangre, eso significa que el corazón continuaba latiendo, aunque fuera débilmente.
      Se tiene la sospecha de que no era el deseo de Pilatos matar a Jesús. Y además, apenas había tiempo, ya que el Sabbath de los judíos empezaría al atardecer del mismo día. Los dos ladrones estaban todavía vivos y hubo que matarlos. La muerte por crucifixión era larga y a veces se producía después de tres o cuatro días, y se debía al hambre, la sed, el agotamiento, la pérdida de sangre y a las aves de rapiña. Muy ocasionalmente, después de día y medio, se consideraba que había sido suficiente castigo y las víctimas eran bajadas de la cruz. Si sus heridas podían ser curadas, se recuperaban y seguían viviendo.
      Cuando José de Arimatea, un poderoso miembro del Sanedrín y devoto de Jesús, pidió permiso a Pilatos para tomar el cuerpo de Jesús, aquél se lo concedió, a pesar del hecho de que a los crucificados no se les permitía ser enterrados en sepulcros privados o por parientes, sino que eran echados a fosas comunes.
      ¿Acaso Pilatos confiaba en que Jesús siguiera aún con vida? Yo así lo creo, y así lo confirma la carta que Pilatos escribió al Emperador Tiberio en el año 32 d.C. El original se encuentra en la Biblioteca del Vaticano. Es posible adquirir una copia en la Librería del Congreso de Washington, D.C. Pilatos escribió:

      “Al César Tiberio. Un joven apareció en Galilea, y, en el nombre de Dios, que lo envió, predicó una ley nueva, la humildad. Al principio pensé que su intención era la de organizar una revuelta contra los romanos. Mis sospechas se desvanecieron al poco tiempo. Jesús de Nazareth hablaba más como un amigo de los romanos que de los judíos.
      Un día observé a un hombre joven que estaba con un grupo de gente, apoyado en el tronco de un árbol y les hablaba con dulzura. Me dijeron que ese hombre era Jesús. Era muy distinto a los que lo rodeaban. Su rubio cabello y su barba le daban una apariencia divina. Tendría unos treinta años y yo no había visto hasta entonces un rostro tan bello y apacible.
      ¡Qué diferente era, con su blanca tez, de los que escuchaban, de negras barbas! Como no quería molestarlo, seguí mi camino, diciendo a mi secretario, sin embargo, que se uniera al grupo y escuchara.
      Más tarde, mi secretario me dijo que nunca había leído en los libros de los filósofos nada que pudiera ser comparado a las enseñanzas de Jesús, y que no era un agitador, ni llevaba a las gentes por mal camino. Por esa razón decidimos protegerlo. El era libre para actuar, hablar y reunir a la gente a su alrededor. Esta libertad provocó la ira de los judíos, que estaban indignados; Jesús no irritaba a los pobres, pero sí a los ricos y poderosos.
      Más tarde, le escribí una carta a Jesús, pidiéndole que acudiera a una entrevista en el Foro. Vino. Cuando el Nazareno apareció, yo estaba dando mi paseo matinal y, cuando lo vi, quedé paralizado. Mis pies estaban como atados al suelo de mármol con cadenas de hierro, temblaba ante él como lo haría un culpable, aunque él estaba en calma.
      Sin moverme, observé a este hombre excepcional durante algún tiempo. No había nada desagradable en su aspecto ni en su actitud. Sentí por él un profundo respeto. Le dije que había un aura a su alrededor y que su personalidad lo elevaba por encima de los filósofos y maestros de su tiempo. Produjo una profunda impresión en todos nosotros, debido a sus agradables maneras, a su sencillez, humildad y amor.
      Estos, noble y soberano, son los hechos que conciernen a Jesús de Nazareth, y me he tomado mi tiempo para informaros con detalles sobre él. Mi opinión es que un hombre que es capaz de tornar el agua en vino, de curar a los enfermos, que resucita a los muertos y calma el mar embravecido no es culpable de acto criminal alguno. Como otros han dicho, hemos de admitir que realmente se trata del hijo de Dios. Tu obediente servidor, Poncio Pilatos.

      El hombre que escribió esto después de que fueran levantadas calumnias contra las actividades de Jesús y, a pesar de que no quisiera poner en peligro su posición frente al César o enemistarse con él, bien pudo, una vez que se sintió incapaz de salvarlo cuando lo llevaron ante él, planear su ejecución de tal manera que, sin que sus enemigos se enteraran, Jesús pudiera sobrevivir a la muerte.
      Contrariamente a la costumbre usual entre los judíos, el cuerpo no fue enterrado en una sepultura, sino que fue colocado en la espaciosa gruta excavada en una roca, que había en el jardín de la casa de José de Arimatea, y cuya entrada se cerró con una pesada piedra. (Se ha dicho que había un túnel que conectaba la cueva con la casa de José, seguramente una salida secreta para utilizar en tiempos de peligro.)
      Fuera así o no, Juan nos cuenta que el rico Nicodemo acudió llevando consigo “unas cien libras” de mirra y áloe. Una cantidad enorme, ¿quizás para curar las heridas? Es curioso el hecho de que en el siglo XVI, en Inglaterra, se hacía un hechizo cuando se recogía la salvia y verbena, ya que se decía que estas hierbas habían crecido por primera vez en el Calvario y habían curado a Jesús de sus heridas.
      Los científicos afirman que el perfecto negativo que ha quedado sobre el lienzo del Sudario de Turín sólo ha podido “grabarse” debido a una poderosa radiación. Y pienso que se trata de la radiación cósmica que hizo que el cuerpo inconsciente de Jesús volviera a la vida.
      Parece que Jesús dijo a sus discípulos que levantaría el templo (de su cuerpo) en tres días. Ellos no entendieron lo que quería decirles. Todos se dispersaron, excepto Juan, el único que presumiblemente vio cómo José de Arimatea y sus amigos se llevaban el cuerpo. Todos pensaron que había muerto, y por eso, cuando Jesús se les apareció tuvieron miedo y creyeron que se trataba de un espíritu.
      Pero Jesús les dijo que no era un espíritu, que los espíritus no tienen huesos y carne como él tenía. Les mostró sus heridas y, pidiendo algo de comer, tomó pescado hervido y un panal de miel. En otra ocasión preparó una lumbre a orillas del lago para asar un pez.
      El hecho de que “apareciera” en la habitación donde estaban los apóstoles, cuando la puerta estaba cerrada con candado, es algo que un maestro o un avatar puede hacer a voluntad con su cuerpo físico. Swami lo ha hecho innumerables veces; incluso ha estado con una familia durante dos días, mientras seguía con sus actividades a millas de distancia.
      En una ocasión, Baba “apareció” y asistió al parto de una mujer efectuando todo lo necesario, lavando al bebé y arropándolo, antes de “desaparecer”. Los médicos de guardia, que pensaban que el bebé no iba a nacer todavía, se quedaron atónitos cuando la mujer les dijo que la había ayudado en el parto “uno que llevaba una túnica anaranjada y tenía el cabello muy negro y rizado y cuya foto estaba en las paredes del hospital”.
      Me pregunto cuántas personas conocen, o han oído hablar, de los encuentros entre un tal Lloyd Tester y un misterioso extranjero que decía llamarse “El Caminante”. La grabación de estas conversaciones, junto a una inusual y preciosa fotografía del extraño, que yo poseo, fueron difundidas hará unos cincuenta años, pero han sido de nuevo puestas en circulación recientemente.
      Me siento tentada de reproducir aquí un breve extracto que explica cómo fue quitada la piedra de la gruta del sepulcro de Cristo:

      “Quiero que sepas, hijo, lo que ocurrió después de la Crucifixión del Maestro… No fue un milagro, a menos que llamemos milagro a que sus amigos más cercanos (que pidieron les fuera entregado el cuerpo para alejarlo de la furibunda multitud) estuvieran junto a él y esperaran pacientemente y confiados el retorno del espíritu al cuerpo, para luego conducirlo a través del pasadizo secreto que comunicaba al sepulcro con la casa de su dueño, José de Arimatea.
      Ahí se encontraron con el más miserable de todos los hombres, el pobre Judas, que en su desesperación pensó que estaba viendo al fantasma del Maestro al que había traicionado y que volvía de la muerte y se apoyaba en dos hombres que pensó iban a acusarlo. En este momento de insoportable angustia, Judas perdió la razón.
      Con un grito enloquecido se precipitó a través del pasadizo que conducía a la tumba y con la anormal fuerza de un maniático, se lanzó contra el obstáculo que impedía escapar. Con terribles gritos y maldiciones y la fuerza de diez hombres, forzó sin ayuda la pesada lápida que sellaba la entrada al sepulcro y, con el terrible aullido de un loco, se precipitó fuera, donde encontró su propia destrucción.
      Te digo esto para tu propia iluminación. No es que hubiera necesidad de guardar ningún secreto, excepto para los amigos fieles que temían que volviera a caer sobre él el poder de las autoridades, pero sí era cierto que Jesús quiso apartarse por algún tiempo del lugar del conflicto.
      Su espíritu se alejó de su cuerpo durante unos instantes, pero luego volvió a la escena de su existencia terrenal. Una y otra vez se apareció a sus elegidos, mostrando incluso a los más escépticos las marcas que le habían dejado sus asesinos, probando que era el mismo cuerpo, la misma forma que ellos habían conocido y amado tanto.”

      ¿Y qué decir de la historia de su desaparición final en medio de una nube? Hay datos que no concuerdan. Mateo ni siquiera nos habla de ello. Otro evangelio dice que la “desaparición” ocurrió el mismo día de la Resurrección. Mientras que otro afirma que Jesús estuvo a menudo con sus discípulos, dándoles instrucciones para el futuro, durante cuarenta días.
      Al principio de su ministerio, cuando sus enemigos lo amenazaron con apedrearlo, se dice que desapareció delante de ellos, es decir, se volvió invisible. Lo que es evidente, sin embargo, es que Jesús dejó a sus discípulos y se fue a algún otro lugar. ¿Pero a dónde?
      Existe la evidencia por crónicas de la historia antigua, de que Jesús continuó su misión viajando, por etapas, hacia el este, con el fin de encontrar las tribus perdidas de Israel, desparramadas por el mundo.
      Después de la destrucción del Imperio Asirio, sólo unos pocos regresaron a Palestina. Las otras diez tribus se dispersaron hacia el este y se establecieron en Persia, Bactria (Afganistán) y más allá de los Indus, en Cachemira, la bellísima región de los Himalayas, al oeste del Tibet, conocida como “el paraíso en la tierra”.
      Aún en nuestros días hay quienes allí se llaman a sí mismo Ben-e-Israel, hijos de Israel. Hay numerosos estudios, antiguos y modernos, que demuestran el origen israelita de los afganos y los cachemires.
      Algunas narraciones muy antiguas, tales  como el Bhavishya Mahapurana, escrito en sánscrito, cuentan que Jesús, acompañado por María, su madre, y Tomás, después de permanecer durante algún tiempo en Damasco, recorrieron el largo camino de caravanas que atravesaba el norte de Persia, donde predicó, convirtiendo a muchos. Lo llamaban “el que cura a los leprosos”. Este peregrinaje duró varios años, mientras seguían dirigiéndose hacia el este.
      Por los “Hechos de Tomás” y también por otras fuentes, se sabe que Jesús, María y Tomás estuvieron en Taxila (ahora Pakistan), desde donde siguieron su camino hasta Cachemira. Pero María, incapaz de resistir las privaciones del viaje, murió en lo que es ahora la pequeña ciudad de Murree, llamada así en su honor, a unos 50 kilómetros de Rawalpindi. Su tumba, en Pindi Point, es todavía hoy un famoso templo. En 1950, el sepulcro fue reparado, gracias a Khwaja Nazir Ahmad, autor del libro Jesus in heaven on erath (Jesús en el Paraíso en la Tierra).
      Jesús llegó a Cachemira a través del valle conocido como “la Pradera de Jesús”. Este hermoso y fértil valle, con sus laderas llenas de bosques, está todavía habitado por la raza Yahudi, descendiente de la tribu de Israel. Desde aquel momento, al traducirlo significa “el lugar donde descansó Jesús”. Y después fue a Srinagar, la capital flotante de Cachemira, construida entre los lagos que hay al pie de los Himalayas.
      Estaba, de hecho, rehaciendo la ruta por la que había vuelto a Palestina después de sus largos viajes y estudios en India y en otros lugares, durante sus años jóvenes, cuando se preparaba para su ministerio, tal y como se afirma en los manuscritos del monasterio de los Himis, donde permaneció durante algún tiempo en aquel primer viaje.
      El rey, el Rajá Shalevahin, quedó muy impresionado por la elegante y pálida figura vestida de blanco. Al ser preguntado, Jesús dijo (según el Bhavishya Mahapurana), que había proclamado su ministerio en un país lejos de los Indus y que había venido a este mundo a sufrir. Predicó el amor, la verdad y la pureza de corazón, y por eso fue llamado el Mesías.
      Dijo que su misión era la de “purificar la religión”. El Rajá le mostró su amistad de muchas maneras y prometió ser obediente a sus enseñanzas. Hacia el final de su vida terrena, Jesús vivió sencillamente, junto al lago Dal, y las multitudes iban a él para escuchar su mensaje y para ser curadas.
      Se ha dicho que a muy avanzada edad, Jesús le pidió a Tomás que continuara con su labor y colocara una tumba en el lugar exacto donde él iba a morir. La modesta sepultura está orientada hacia el este-oeste, en la cripta de un templo llamado “Rozabal”, que significa “la Tumba del Profeta”, en el centro de Srinagar.
      En la antigua lápida tallada se indica el lugar exacto de las llagas de la crucifixión. El templo es visitado por personas de todas las religiones, y los miembros de una misma familia han sido sus custodios durante 1900 años.
      También está escrito en las antiguas crónicas que Tomás hizo lo que le fue ordenado. Después de volver a Taxila y visitar la tumba de María, viajó hacia el sur de la India, predicando y fundando comunidades en Kerala; por fin llegó hasta Madrás, donde se erigiría más tarde sobre su tumba la Catedral de Santo Tomás.
      Aún hoy, los hindúes, musulmanes, budistas y los Ben-e-Israel veneran al gran profeta de piel blanca que, con las cicatrices de la crucifixión, llegó desde Palestina, en el lejano oeste; curaba a los enfermos y reunía multitudes, ya fueran reyes o mendigos, y dijo haber venido para “purificar la religión”.
      Se entenderá, por lo tanto, en vista de todo lo anterior, que yo estuviera impaciente por hacerle a Baba una pregunta. Así que le dije:
      “Swami, hay algo que he querido saber durante mucho tiempo. ¿Fue el cuerpo físico de Jesús el que volvió en sí en el sepulcro de la gruta? Quiero decir, ¿no se trataba del cuerpo materializado del espíritu, como ocurrió cuando el maestro de Yogananda se apareció a su discípulo tres meses después de haber sido enterrado?”
      Swami replicó: “No. Era el cuerpo físico. No la materialización de su espíritu. Su cuerpo físico”.
      “¡Ah!”, dije. “Entonces, ¿es verdad que se fue al este, para continuar su misión, y llegó a Cachemira?”
      “Si, y también estuvo en Calcuta y en Malasia.”
      “Entonces, ¿es el cuerpo de Jesús el que está enterrado en el templo de Rozabal en Srinagar, Cachemira?”
      Swami asintió y dijo “Si”, con gran sencillez y dulce acento, como esperando la siguiente pregunta, sin apartar sus ojos de los míos, lleno de ternura.
      Naturalmente, más tarde deseé haberle hecho más preguntas. Pero ya había contestado a lo que yo realmente quería saber y me sentía satisfecha. Y contenta de que fuera así. Al pensar sobre ello, muchas preguntas que afloran a la mente en relación con hechos del pasado son de interés puramente intelectual comparados con el aquí y el ahora, y con la realidad viva del Principio Divino Encarnado en este período crucial de la historia de la evolución del planeta.
      Sabía que Ron también tenía una importante pregunta de interés trascendente para hacerle a Swami, y dejaré que él mismo la explique en el Libro Segundo. Sólo diré que salimos de aquella entrevista como flotando…










Texto seleccionado del libro publicado originalmente en 1982: “SAI BABA, La Encarnación del Amor”. De Peggy Mason – Ron Laing. Págs. 50 a 59. (Esta parte la escribe Peggy Mason)


Blogalaxia Tags:

ARCHIVOS DE

¨LA ENCARNACIÓN DIVINA¨