viernes, 14 de marzo de 2014

CANTAR EL NOMBRE DE DIOS Y MEDITACIÓN



( Impreso en castellano en Sobre la Meditacion (Dhyana Vahini) cap. 1y2 )

Los aspirantes espirituales (sadhakas) de todo el mundo estarán aplicados naturalmente a la práctica de la repetición continua del Nombre Divino (japa) y la meditación; pero antes cada uno deberá tener claro el propósito de estas disciplinas. Algunas personas inician la repetición del Nombre del Señor y la meditación creyendo que éstas se refieren al mundo objetivo, que son capaces de satisfacer deseos mundanos, y esperando que su valor se manifieste a través de ganancias en el mundo de los sentidos. Este es un grave error.
Esa repetición y la meditación del Nombre son medios para adquirir una atención no dividida en el Señor, para liberarnos de ataduras sensoriales, y para conseguir la felicidad derivada del fundamento de todos los objetos de los sentidos. La mente no debe distraerse vagando en todas direcciones, indiscriminadamente, como es el caso de la mosca. La mosca habita en la dulcería, pero persigue los carros de basura. A una mosca con semejante mentalidad se le debe enseñar a comprender la dulzura del primer lugar y la impureza del segundo, para que ya no siga abandonando la dulcería para perseguir carros de basura. Cuando esta enseñanza se le imparte a la mente, se denomina meditación.
Pero fijémonos en otra especie, ¡la abeja! Ella sólo tiene contacto con la dulzura y se acerca únicamente a aquellas flores que tienen néctar. La abeja nunca es atraída por otros lugares. De la misma forma, uno debe abandonar todas las inclinaciones hacia la atracción de los sentidos, hacia el carro de la basura, de lo falso e impermanente; y hasta donde sea posible, debe dirigir la mente hacia todas las cosas santas que brindan la alegría y la dulzura asociada con el Señor. Por supuesto que para conseguir este objetivo se necesita tiempo. Cuánto tiempo tomará, sólo depende de las actividades del pensamiento, la palabra y la acción, como así también de los motivos que los impulsan.
Debemos considerar principalmente no a qué costo uno ha orado al Señor, ni durante qué número de años hemos estado haciéndolo, ni los métodos seguidos, ni siquiera el número de volúmenes estudiados; sino, con qué actitud ha orado uno, con qué grado de paciencia ha estado esperando el resultado, y con cuánta concentración ha anhelado uno la Gracia Divina, sin tener en cuenta la alegría mundana y el tiempo de espera; sin languidecer y con atención constante a uno mismo, a su meditación y a su tarea.
Si uno examina profundamente cuánto éxito ha tenido en liberarse de toda idea del yo, podrá medir por sí mismo el progreso realizado. En cambio, si uno está ocupado en contar las reglas que siguió, el tiempo que empleó y los gastos en que incurrió, esta clase de meditación sólo podrá pertenecer al mundo objetivo, nunca podrá llegar al campo de lo subjetivo y lo espiritual.
La repetición del Nombre del Señor y la meditación nunca deben ser juzgados con una medida puramente externa; deben ser juzgados por sus efectos internos: su esencia es la relación que guardan con el Alma. La experiencia inmortal del Alma nunca debe ser mezclada con las bajas actividades del mundo temporal. Estas actividades merecen ser evitadas porque si les hacemos lugar, oscilamos entre la impaciencia y la pereza, y si uno siempre se preocupa pensando "¿por qué no llega aún?", "¿por qué sigue tan lejos?", entonces todo se convierte simplemente en el ejercicio de la repetición del Nombre y la meditación con la intención de obtener provecho, con el ojo puesto únicamente en los frutos que se han de alcanzar.
El único fruto de la repetición del Nombre Divino y la meditación es éste: la conversión de lo exterior en lo interno, el hacer que nuestro ojo mire hacia dentro para que así pueda ver la realidad de la Bienaventuranza del Alma. Para que esta transformación tenga lugar, uno debe estar siempre activo y esperanzado, sin importar el tiempo que esto tome, ni las dificultades que se encuentren. Uno nunca debe tener en cuenta el costo, el tiempo, el trabajo; debemos esperar el descenso de la gracia del Señor. Esta paciente espera es en sí misma parte de la austeridad (tapas) de la meditación. mantenerte sin desmayos a este voto es la austeridad.
Hay tres formas por medio de las cuales los aspirantes tratan de tomar el camino de la meditación; a saber: el sendero de la verdad (sathwika-marga), el camino de la pasión y la emoción (rajasika-marga) y el camino de la ignorancia (thamasika-marga).
El sendero sátvico. En este camino uno considera la repetición del Nombre Divino y la meditación como un deber, y está dispuesto a soportar cualquier número de dificultades en su nombre. Uno está totalmente convencido de que todo es una ilusión y así hace solamente el bien bajo toda condición y circunstancia; se desea solamente el bien de todos, amándolos. El tiempo se emplea meditando y recordando ininterrumpidamente al Señor, y ni siquiera se anhela el fruto de tales prácticas; todo se deja en manos del Señor.
El sendero rajásico, donde hay un ansia a cada paso por el fruto de los propios actos. Si éste no es asequible, entonces, gradualmente, la negligencia y el desagrado se apoderan del aspirante espiritual y la repetición del hombre y la meditación pierden fuerza.
El sendero tamásico, donde solamente recordamos al Señor en momentos de peligro o sufrimiento agudo, o cuando se es víctima de pérdidas, o se experimenta un gran dolor. Este es aún peor que el anterior. En esos momentos, tales personas rezan y juran que van a corregir su culto devocional, hacen ofrecimientos y juramentos al Señor. Sin embargo, no dejan de calcular el monto de los ofrecimientos puestos a sus pies, el número de postraciones y círculos que efectuaron alrededor del santuario y esperan recompensas proporcionales. Los que adoptan esta actitud hacia la meditación, jamás podrán purificar su mente e intelecto.
En la actualidad, la mayoría de la gente sigue solamente estos dos últimos senderos al practicar la recordación del hombre del Señor y la meditación. La intención precisa de tales prácticas es la de purificar la mente y el intelecto. Para conseguir esto, el mejor sendero es el primero. Cuando la mente y la inteligencia se han purificado, brillarán con el esplendor de la comprensión del Alma. Aquél en quien esta comprensión brilla con plenitud es llamado conocedor de la Verdad.
El conocedor del Alma se convierte en el Alma misma. El objetivo de la vida, aquello que la hace digna de ser vivida, es la comprensión del Alma, o en otras palabras, la base del Alma Individual.
En realidad, en el cuerpo fisico del hombre se evidencian sus sentimientos internos. Su presencia y la apariencia de su cuerpo nos ayudan a descubrir cómo son éstos. Es sabido que hay una relación muy estrecha entre las actitudes del cuerpo y las de la mente, por ejemplo: con el torso tenso, las mangas arremangadas y los puños cerrados no es posible demostrar amor o devoción. Pero con las rodillas dobladas, los ojos semicerrados y las palmas juntas, elevadas a la altura de la cabeza, ¿acaso se puede mostrar nuestro enojo, crueldad u odio? Por esta razón los antiguos sabios decían a los aspirantes espirituales que al orar o practicar recordación de los Nombres de Dios y la meditación, era indispensable adoptar una postura corporal adecuada. Ellos observaron que por medio de este recurso es posible controlar las distracciones de la mente.
Desde luego, para el aspirante espiritual experimentado, la meditación es fácil en cualquier postura, pero para el novicio es esencial disciplinar el físico. Se debe pasar por el entrenamiento de la mente y el cuerpo, el cual se descartará más adelante, puesto que es únicamente un medio para alcanzar el Alma verdadera y eterna. Hasta que esto no ocurra, la disciplina espiritual (sadhana) se deberá practicar con regularidad y constancia.
Mientras no se alcance la meta de la meditación se tiene que seguir la disciplina metódica de las posturas corporales adecuadas, adhiriéndose estrictamente a sus reglas. Una vez que la mente (manas) y el intelecto (buddhi) se han sometido y se controlan, uno se puede sumergir en la meditación en cualquier lugar en que se encuentre: en su cama, en una silla, sobre una roca o en un automóvil.
Cuando se ha aprendido a conducir una motocicleta, se la puede manejar en cualquier camino, bajo cualquier circunstancia; pero si el aprendizaje apenas comienza, entonces, para su propia seguridad y la de los demás, es indispensable que el conductor observe ciertas precauciones y principios de equilibrio. De igual manera, aquéllos que se aplican a la práctica de la meditación en Dios deben seguir ciertas reglas de entrenamiento. De ninguna manera se puede cambiar este procedimiento. Por lo tanto, el ansiar a cada paso los frutos de nuestros actos y recordar al Señor sólo en momentos de peligro o sufrimiento, nunca se podrían considerar como meditación, y será mejor si el aspirante espiritual se convierte totalmente en puro, bueno y piadoso.
Describir cualquier cosa en palabras es difícil y hasta aburrido. Pero demostrarlo por medio de hechos es más fácil y más agradable. Hacer entender a los hombres practicando la meditación es mejor que tratar de hacerlo por medio de las palabras. Lo que yo escriba sobre esto y lo que ustedes lean sobre ello, no les facilitará el camino. A través de la meditación podemos alcanzar la divina experiencia de realizar el Alma interiormente.
A través de la meditación, los aspirantes espirituales podrán desprenderse de su envoltura de ignorancia, capa tras capa: evitarán el contacto de sus percepciones sensoriales con las experiencias mundanas objetivas. El proceso que apunte a esta consumación sagrada merece ser llamado meditación.
Para lograrlo, el hombre debe estar equipado de buenos hábitos, disciplina y altos ideales. Debe tener una actitud de total renuncia hacia las cosas mundanas y la atracción que éstas ejercen. En cualquier situación, él debe conducirse con alegría y entusiasmo. Cualquier cosa que se haga debe ser realizada con dedicación; no para aumentar el propio bienestar, sino para ganar la Bienaventuranza del Alma. Uno debe entrenarse para adoptar una buena postura al sentarse, para evitar la tensión en el cuerpo y liberar a la mente del peso y de la presión del mismo. Se realizará una práctica de la meditación con sacrificio y entrega; con pureza y armonía. Para conseguirlo, la disciplina es muy importante.
Las penas y dificultades que acompañan el principio de todo intento de destrucción de las actividades indeseables de la mente, desaparecen por medio del estricto cumplimiento de las reglas descritas en el párrafo anterior. Lo único que resta es su puesta en práctica por el aspirante. Ni la medicina más potente podrá producir su efecto curativo en el momento en que se lleva al paciente a su cama. El enfermo debe ingerirla, poco a poco y a su tiempo, con todo cuidado, tratando de asimilarla a su sistema. El principio curativo del medicamento debe extenderse por todo el cuerpo hasta saturarlo. De la misma forma, los Siddhantas (Obra docta sobre astronomía y matemáticas) y el Vedanta (El súmmum de los Vedas o Escrituras Sagradas), no tienen el poder para destruir faltas y debilidades individuales.
Para tener resultados totales, el hombre deberá desprenderse de todos los sentimientos bajos y falsos, y actuar de acuerdo con las enseñanzas verdaderas del Vedanta y los Siddhantas. Si así lo hace, obtendrá el fruto. El secreto del éxito en la meditación reside en la pureza de la vida interior del aspirante espiritual. El éxito es proporcional a la importancia que el aspirante le dé ala conducta correcta.
Todos tenemos el derecho de lograr tan alto grado de éxito, y no digo esto en voz baja, lo declaro a los cuatro vientos para que todos lo escuchen. Conociendo todo esto, ¡mediten y avancen! ¡Practiquen meditación y progresen! ¡Realicen el Alma!


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