jueves, 11 de marzo de 2010

EL PRIMER PASO




El hombre está dotado de memoria y también de la facultad de olvidar. Ambas son habilidades útiles. Quizás el poder del olvido es el más importante, ya que, en caso contrario, el hombre tendría que lamentar la pérdida de millones de padres y de parientes que ha tenido en millones de nacimientos previos y recordaría, lleno de resentimiento, los muchos insultos e injurias que haya sufrido en este nacimiento. Felizmente para él, lo olvida todo y recuerda únicamente las cosas que lo han impresionado como significativas o cruciales, tales como la fecha de su casamiento, los nombres de aquellos que le deben dinero, etc. La mayor tragedia es que ha olvidado, ¡lo más importante y crucial respecto de su estadía terrenal!, ¡la llave hacia la felicidad y la Liberación, Su Verdadero Nombre e Identidad!
El hombre no puede permitirse olvidar quién es y con qué propósito ha venido. Como lo dijera Sankara, debe conocer las respuestas a estos interrogantes: ¿Quién eres, quién soy yo, hacia dónde voy, de dónde vengo, cuál es la naturaleza y el propósito de todo este devenir y cambio? ¿Hay alguna base estable, alguna meta u objetivo, dirección o director? En la mente del hombre, ninguno de estos interrogantes puede ser desechado. Siempre aparecen y lo asaltan cuando está solo ante algo grandioso e inspirador en la Naturaleza o ante algún incidente terrible y conmocionante entre sus experiencias. No es sabio pasar por alto estos momentos preciosos para sumirse, en cambio, en la rutina de la vida y dejar la indagación, a la cual uno se siente motivado.
Sin embargo, el hombre olvida, prefiere ignorar. Confunde lo irreal con lo real. Es engañado por las apariencias, no es capaz de mirar tras el velo. Y así se engaña a sí mismo y hace que otros también se equivoquen.
Uno debe practicar el desapego en cada paso, ya que, en caso contrario, la codicia y la avaricia dominarán los aspectos más sutiles de la naturaleza humana. Esa naturaleza es Divina, porque Dios es la sustancia misma de la que el hombre no es sino un nombre y una forma. Para darse cuenta de esto, uno debe poseer y desarrollar los principios de la disciplina espiritual, la discriminación entre lo inmutable y lo mutable, lo permanente y lo transitorio; es decir, uno debe saber que el Universo está constantemente sujeto al cambio y a la modificación y que únicamente el Absoluto Universal es inmutable. Uno debe desapegarse de los placeres de este mundo tanto como de los placeres que se pueden obtener en el cielo, luego de lograr la convicción de que todos ellos se desvanecen y están cargados de sufrimiento.
Por sobre todo, traten de ganar la Gracia, buscando reformar sus hábitos, reducir sus deseos y refinar su naturaleza superior. Cada paso hace que el próximo sea más fácil; esto es lo admirable del viaje espiritual. Con cada paso se incrementan la fuerza y la confianza y se van logrando cuotas mayores de Gracia. Hubo una vez un hombre perverso que, de manera casual, escuchó una prédica espiritual que lo afectó grandemente. Se acercó a un gran sabio y le rogó lo aceptara como su discípulo. El sabio le preguntó en qué forma pasaba el tiempo y su respuesta fue: "Juego por dinero durante el día y durante la noche entro en diferentes casas a robar; vivo en la falsedad, tanto de día como de noche". A ello, el sabio respondió: "Te acepto como discípulo, siempre que abandones alguna de las cosas que has enumerado; debes hacer algún sacrificio a cambio del favor que te hago". El hombre caviló por algunos momentos: "No puedo dejar el juego, lo encuentro demasiado excitante. No puedo dejar de robar en las casas, ya que es la única manera con la que sé ganarme el sustento; bueno, dejaré de mentir..." Y fue así que dio su palabra respecto de no seguir mintiendo y fue aceptado. El sabio se sintió feliz de haberlo hecho caer en la trampa; ahora ya no tendría escapatoria. Esa noche, el hombre decidió entrar a robar en el palacio. Evadió a los guardias y subió hasta la terraza.
Iba osadamente caminando por una cornisa de los muros, cuando de pronto alguien le increpó: "¿Quién anda ahí?" Y contestó con la verdad: "Soy un ladrón. ¿Quién eres tú?" El que le había hablado era el rey mismo, quien había salido a la terraza, pues allí soplaba una brisa placentera. Este le contestó: "Yo también soy un ladrón". De modo que decidieron unir fuerzas y dividirse el botín por partes iguales. El ladrón propuso que entraran en la cámara del tesoro y su reciente compañero le indicó que sabía dónde se guardaban las llaves. De modo que se perdió en la oscuridad y volvió al cabo de un rato con ellas. Luego entraron en la cámara y se repartieron lo que había allí, pero encontraron tres diamantes, grandes y hermosos. El rey tomó uno y el ladrón, el otro; el tercero lo dejaron allí, de mutuo acuerdo, porque, como señaló el ladrón: "Dejémosle al menos esta gema como consuelo, al pobre rey que lo ha perdido todo". Luego se separaron, pero antes, el ladrón debió contestar la pregunta que le formuló el rey: "¿Dónde vives?" El ladrón, que había dejado de mentir, tuvo que dar su dirección correcta.
A la mañana siguiente, se esparció la noticia de que el tesoro había sido saqueado y el rey encargó a su Primer Ministro para que hiciera el inventario de lo que se había perdido. Este fue a la cámara y vio cosas desparramadas por el piso, entre cajas y cofres abiertos. También encontró el bello y gran diamante y, pensando que había escapado a los ojos de los ladrones, se lo guardó para él. Después de unos momentos, volvió ante la presencia real y describió la escena y las pérdidas. El rey ordenó que todos los ladrones conocidos por la policía fuesen llamados ante su presencia, incluyendo a uno cuya dirección él mismo indicó: Todos fueron traídos, pero el rey interrogó en especial a aquél cuya dirección había sido indicada. Este reveló que él y "otro" que había entrado en el palacio antes que él, habían compartido el botín por partes iguales, la noche anterior. El rey le preguntó acerca de los diamantes y el ladrón contestó que habían dejado uno de los tres diamantes, que sólo habían tomado uno para cada uno. El rey sospechó entonces que el Primer Ministro se había apropiado del tercer diamante y ordenó que lo revisaran en pleno Tribunal. No hay necesidad de decir que el diamante fue encontrado en uno de los bolsillos de sus ropas. El rey se dio cuenta de que no podía confiar en él, de modo que lo destituyó de inmediato y en su lugar nombró ministro al " ladrón" .
Ahora que había sido nombrado ministro, el ladrón dejó de robar, ya que tenía más que suficiente en lo que respecta a medios de subsistencia. Ya no le quedaba tampoco tiempo para el juego. Se hizo famoso como ministro recto y eficiente. La fama que había ganado llegó hasta el gurú, quien viajó hasta la ciudad para visitarlo. En cuanto el ministro lo vio, cayó a sus pies, henchido de gratitud por la forma en que lo había reformado.
Así actúa este primer paso que dan. Hace que los próximos pasos sean posibles con mucho menos esfuerzo.

Prashanti Nilayam,
14/7/1965

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¨LA ENCARNACIÓN DIVINA¨